La serenidad de estar
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La serenidad de estar

Durante décadas, muchos países europeos -España incluida- creyeron que los "dividendos de la paz" tras la Guerra Fría podían sostenerse indefinidamente
Difas Gijón VIII
Exhibición de la Infantería de Marina en Gijón por el Día de las Fuerzas Armadas. Firma: MDE
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En las últimas semanas, el debate público ha girado con intensidad en torno a la necesidad de que Europa, y en particular España, aumente su inversión en Defensa. Titulares rotundos, declaraciones de líderes internacionales, cumbres de la OTAN y advertencias geoestratégicas han generado una creciente inquietud social, especialmente ante la posibilidad —aunque remota— de un conflicto armado a corto plazo.

Es natural que esta conversación despierte temor. Pero el primer deber, tanto del análisis riguroso como de la política responsable, es traer serenidad al debate. Esa serenidad, que parece frágil ante un mundo incierto, es precisamente lo que debemos proteger con inteligencia y responsabilidad. No desde la crispación, sino desde el consenso.

Hoy no estamos ante una amenaza inminente de guerra en nuestro territorio. Lo que sí vivimos es una transformación acelerada del contexto internacional, que obliga a Europa a asumir con madurez algo que evitó mirar de frente durante demasiado tiempo: su vulnerabilidad estructural en materia de seguridad.

Dos grandes eventos han expuesto nuestras debilidades como europeos; la pandemia y la guerra en Ucrania. Ambos pusieron de manifiesto hasta qué punto dependemos de terceros para sostener nuestro modelo de vida. La pandemia nos reveló la fragilidad de nuestras cadenas de suministro y nuestra dependencia de la industria farmacéutica y tecnológica externa. La invasión rusa de Ucrania nos recordó que la seguridad en el continente no está garantizada por defecto, y que nuestras economías están peligrosamente ligadas a proveedores energéticos poco confiables. Al mismo tiempo, se ha hecho evidente que buena parte de la Defensa europea sigue descansando, en gran medida, sobre los hombros de Estados Unidos.

En un célebre discurso en la Sorbona en 2023, el presidente Emmanuel Macron lo expresó con claridad: Europa se ha vuelto estratégica y peligrosamente dependiente de Estados Unidos para su Defensa, de Rusia para su energía y de China para su comercio. Esta triple dependencia no solo limita nuestra autonomía; compromete nuestra soberanía política y económica. La respuesta, por tanto, no es el miedo, sino el despertar. Y el despertar requiere visión, unidad y compromiso colectivo.

Durante décadas, muchos países europeos —España incluida— creyeron que los “dividendos de la paz” tras la Guerra Fría podían sostenerse indefinidamente. Se desinvirtió en capacidades militares, se redujo la presencia en misiones estratégicas y se relegó la cultura de Defensa a un segundo plano del debate público. Fue una elección comprensible, pero hoy debemos preguntarnos con honestidad: ¿nos ha hecho esto más libres o simplemente estar más expuestos? ¿Nos ha traído más paz o una falsa sensación de seguridad?

Invirtiendo en Defensa no estamos eligiendo la guerra, sino preservando la paz. Porque la paz no es un estado pasivo, sino un bien común que se protege con previsión, con medios adecuados y con convicción democrática. No se trata solo de tener más recursos militares, sino de desarrollar una política integral de seguridad que incluya ciberdefensa, protección de infraestructuras críticas, capacidades industriales estratégicas y resiliencia civil. Esta inversión no es solo en armamento, sino en soberanía, estabilidad y libertad.

Decía Teresa de Calcuta que "para que una lámpara esté siempre encendida, no debemos dejar de ponerle aceite". Esa lámpara, en nuestro caso, es la paz. El aceite que la mantiene viva es el compromiso firme y compartido con nuestra seguridad común. Sin ese esfuerzo sostenido, incluso la paz más luminosa puede apagarse por inercia o desatención.

España debe ser parte activa de esta transformación europea. No porque nos lo exijan nuestros socios ni por presión internacional, sino por responsabilidad nacional. Nuestro país ha demostrado, en los momentos más difíciles de su historia reciente, que es capaz de grandes cosas cuando actúa unido, con visión de futuro y amplio consenso político. La Transición, la entrada en la Unión Europea, la modernización de nuestras Fuerzas Armadas o la participación en misiones internacionales son ejemplos de ese espíritu de cooperación y madurez institucional. Ese momento ha llegado nuevamente.

Este debate no es solo de expertos ni de políticos. Requiere un convencimiento social. Explicar con claridad por qué es necesario invertir en Defensa, cómo se hará, con qué controles democráticos y con qué fines. Solo desde la pedagogía pública se puede evitar el cortocircuito entre una ciudadanía pacifista —como la española— y las exigencias estratégicas del siglo XXI.

Europa necesita una Defensa más robusta y soberana, construida desde la cooperación y no desde la confrontación. España tiene una oportunidad histórica de contribuir a esa visión como nación comprometida con la paz, la democracia y la estabilidad internacional.

Invertir en Defensa no es renunciar a la paz. Es la forma más madura de preservarla.

 



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